lunes, 24 de septiembre de 2007

El placer de las pequeñas cosas

Acabo de leer el maravilloso y delicioso libro El viento en los sauces, del autor escocés Kenneth Grahame y me siento fascinada y conmovida. He disfrutado leyendo cada una de las palabras escritas, inteligentemente escogidas y combinadas. El relato es sencillo, sin grandes pretensiones y nos presenta la vida en común de un grupo de animales a la orilla de un río: la Rata de Agua, el Topo, el Tejón y el Sapo, con actitudes claramente humanas pero conservando al mismo tiempo el instinto animal tan sutil y necesario. Un mundo en el que lo realmente importante es disfrutar de las pequeñas cosas en compañía de los buenos amigos. El libro, escrito en 1908, refleja en cierta manera las costumbres victorianas de la época y surgió como una serie de cuentos que Grahame inventaba cada noche para su hijo de cuatro años, construyendo de esta manera un hermoso refugio para él, ya que (acuñando una hermosa descripción hecha por Gustavo Martín Garzo en el prólogo de esta edición) "eso son los cuentos, una casa de palabras que los padres levantan para que sus hijos se sientan protegidos, un conjuro frente a las amenazas de la vida y el tiempo"
El ritmo narrativo de la historia es pausado y resulta muy gratificante leerla en voz alta, suavemente. Pero todo cuanto pueda decir de esta magnifica obra, clásico indudable y merecido de la literatura infantil, resulta escaso y superfluo. Así pues, os dejo con uno de mis pasajes favoritos, para que seáis vosotr@s mism@s quienes juzguéis, aún a riesgo de extenderme en exceso en este post.

Nosotros, los que hemos perdido hace mucho el más sutil de los sentidos físicos, no tenemos siquiera los términos apropiados para expresar la comunicación que existe entre un animal y los objetos que lo rodean, animados o inanimados. Por ejemplo, tenemos solo la palabra "olfato" para abarcar la gama completa de delicadas sensaciones que murmuran en la nariz de un animal noche y día, llamando, avisando, incitando, repeliendo. Fue una de esas misteriosas llamadas mágicas de fuera, de la nada, la que repentinamente alcanzó al Topo en la oscuridad, haciéndolo estremecer de parte a parte, aun cuando no pudiera saber claramente lo que era. Detuvo en seco su marcha, y su nariz buscó de acá para allá, en un esfuerzo por recapturar el fino filamento, la corriente telegráfica, que tan intensamente lo había conmovido. Un momento más y lo había capturado de nuevo, y con él los recuerdos llegaron en tropel.
¡Hogar! Eso era lo que significaban aquellas llamadas acariciadoras, aquellos roces suaves que flotaban en el aire, aquellas manitas invisibles que tiraban de él y lo arrastraban, todos en la misma dirección. ¡Claro! ¡En ese momento debía estar muy cerca de su viejo hogar, de ese hogar que había abandonado apresuradamente y al que no había vuelto desde el día en que descubrió el río por vez primera! Y el hogar, ahora, enviaba a sus exploradores y sus mensajeros para capturarlo y traerlo de vuelta. Desde su escapada en aquella brillante mañana, apenas si le había dedicado un pensamiento, tan absorto había estado en su nueva vida, en todos sus placeres, sus sorpresas, sus frescas y cautivadoras experiencias, ¡Y ahora, en una ráfaga de viejos recuerdos, surgía claramente ante él en la oscuridad! Destartalado, pequeño en verdad y pobremente amueblado, y sin embargo suyo. el hogar que se había construido, el hogar al que regresaba tan contento después de cada día de trabajo. Y el hogar también había sido feliz con él, evidentemente, y lo echaba de menos, y quería que regresara, y así se lo comunicaba, a través de su nariz, con tristeza, con reproche, pero sin amargura ni enojo, solamente con el lastimero recuerdo de que se encontraba allí y lo necesitaba.


Título: El viento en los sauces
Autor: Kenneth Grahame
Editorial: Anaya
Ilustraciones para esta edición: Elena Odriozola
Prólogo de: Gustavo Martín Garzo

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